Mi vecina del tercero.

El otro día me encontré en el ascensor con mi vecina del tercero. Me considero un buen vecino. No molesto, doy los buenos días y pago rigurosamente las cuotas de la comunidad. A cambio, me encanta que no me molesten, que con un “buenos días” es suficiente, pero eso no funciona con mi vecina del tercero. Yo creo que es la típica vecina, la que hay en todos los edificios que se preocupa por lo demás y, por supuesto, le encanta contar lo bien que le va a ella y a sus hijas. Lo de preocuparse es una forma de decir. Ella necesita estar al día de todo lo que ocurre en la vida de los que viven a su alrededor. Y yo eso no lo llevo bien. Y ella lo sabe, pero no le importa. Casi nunca suelo coincidir con ella en el portal y, cuando coincido, de repente me entran unas ganas tremendas de hacer ejercicio y subo por las escaleras, mientras ella dice “como son estos jóvenes que no pierden ni un segundo en hacer ejercicio”. Y yo le digo para quedar bien “es que últimamente estoy cogiendo unos kilos de más”. Sin embargo, no sé cómo lo hace, pero siempre sabe si estoy trabajando, de vacaciones o quiénes me visitan. Y vivo en el décimo.

Pero a lo que iba. Aquel día no tuve escapatoria. Yo ya estaba en el ascensor y allí no había salida. Después de los primeros segundos intercambiando informalidades del tipo “¿Qué tal el trabajo? Vas al gimnasio, ¿no?” y monosílabos como respuestas, mi vecina del tercero se decidió a contarme la historia más bonita que jamás me han contado. Estaba un poco nerviosa porque llegaba tarde a su cita. Iba al aeropuerto, hoy llegaba alguien muy importante para ella y no se podía permitir llegar tarde. No me dio tiempo a preguntarle, ella me dijo que se trataba de Hugo. Hugo fue su amor de juventud. Lo conoció cuando tenía 14 años y supo desde el mismo momento en que lo vio que era él. “Él es lo que todas las chicas buscan”, me dijo. Salían a pasear y a tomar helados. Lo normal en aquellos tiempos. Fue difícil presentárselo a sus padres, porque eran muy estrictos y Hugo no era lo que ellos esperaban. Su padre era un alto cargo y su madre era hija de un político muy importante de aquella época. Para ellos Hugo no era nadie, pero para mi vecina lo era todo. Hugo se las arregló para conseguir el permiso de los padres y a partir de entonces sus encuentros eran constantes, pero nunca a solas. Estuvieron como novios un montón de tiempo. Sin embargo, cuando se iban a casar estalló una de tantas guerras de la época y Hugo tuvo que ir. Era como si sus padres estuvieran esperando algo así porque cuando Hugo se fue, a ella la enviaron a estudiar al extranjero. Perdieron el contacto. No se volvieron a ver hasta unos años después, en una ciudad y en un tiempo diferente. La vida hizo que se encontraran. Eran distintos, pero se querían igual que antes. Mantuvieron una relación durante años, los años más felices de su vida, me dijo. Y tuvieron dos hijas. Volvieron a España, a casa de sus padres. Pero era como si el destino no quisiera que estuvieran juntos aquí. Un día unos hombres llegaron a su casa en busca de Hugo. Ella sabía quiénes eran y dio gracias a Dios porque en ese momento su marido no estaba allí. Hugo tuvo que escapar. Pasó un tiempo en el que ella se tuvo que enfrentar a la soledad, a sus padres y a aquellos hombres. Sus padres no perdieron un momento e intentaron casarla con otros hombres para que sus hijas no tuvieran que crecer sin padre. Ella se negó diciendo que ya estaba casada y que sus hijas ya tenían un padre. Pero nunca pudo volver a ver a su marido. Ella nunca perdió la esperanza, sabía que él estaba buscando la manera de estar juntos, por eso no se movió de su casa, por si él algún día podía regresar. Sus hijas casi no recuerdan a su padre. La mayor lo buscó durante toda su vida, pero al final se dejó convencer y creyó que había muerto.

¿Y cómo sabe que no lo está? ¿Cómo sabe que va a verlo a él?” Le pregunté. “Mi corazón lo sabe, hijo. Todos los días encontraba una nota o un recuerdo que me decía que él estaba vivo y que me estaba buscando. Este año es diferente, me ha estado preparando para hoy”.

Mi vecina se fue corriendo, “no puedo llegar tarde”, me decía. A mí me dejó en el portal, preocupado y sin saber qué pensar.

Esa noche fui a verla. Allí estaba él. En su cara se notaba el paso de los años y, sobre todo, el dolor que había sufrido durante mucho tiempo, pero sus ojos mantenían cierta juventud y transmitían una gran nobleza y amor. A los pocos segundos de conocerlo me di cuenta que era un hombre extraordinario. “Nuestras hijas llegarán mañana”, me dijo mi vecina. Me fui enseguida para dejarles disfrutar de la compañía que les fue negada durante tanto tiempo. Nunca había entrado en esa casa y nunca había visto lo que mi vecina veía y le daba ánimos todos los días. Allí, justo en la entrada principal una nota escrita a mano:

I’ll wait a thousand years just to see you smile again.

Mi vecina del tercero. Ella necesita estar al día de todo lo que ocurre en la vida de los que viven a su alrededor. Y yo eso no lo llevo bien. Y ella lo sabe, pero no le importa. A ella solo le fascina la vida y todos y cada uno de los hilos que se unen para formar el gran tapiz de la vida.

 

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