Una segunda instantánea.

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Y allí había otra foto. Otra foto que le hacía sonreír. Tenía unos pocos años más y aparecía junto con un niño un poco mayor que ella. Estaban sentados en un pequeño banco junto a la casa de Blanca. Ella miraba hacia la cámara pero posaba su mano en la pierna del niño que la miraba a ella, solo a ella, con una tímida sonrisa.

La sonrisa de Blanca se hacía cada vez más amplia a medida que recordaba los momentos anteriores a esa foto.

-¿Ya no quieres jugar conmigo? –le preguntaba el niño mientras miraba sus dedos que jugaban nerviosos entre ellos.

-Es que ayer me hiciste mucho daño –le dijo Blanca a la vez que le enseñaba el golpe que tenía en el brazo. El niño se puso colorado y hundió su mirada todavía más hacia el suelo.

-Perdón –dijo con voz muy bajita y mirando hacia abajo.

-¿Qué? –preguntó Blanca sonriendo haciendo como si no lo hubiera oído. En ese momento llegó Laura, una prima de Blanca, con bolsas del supermercado. Como era habitual en ella, se detuvo junto a Blanca, dejó las bolsas a un lado y le dio un beso en la mejilla.

-¿Qué hacéis aquí? ¿Estáis jugando? El resto de los niños está en el campo.

-Te estábamos esperando, Laura. Quería que nos hicieras una foto. –Blanca entró en su casa y salió unos segundos más tarde con una cámara, la misma que había utilizado su padre años atrás. Se la dio a su prima y, después, cogió de la mano al niño y se sentaron junto al banco que había junto a la puerta de su casa.

-Sonríe Juan –le dice Blanca al oído, mientras Laura preparaba la cámara para sacar la foto.

-Decid patata –dice Laura al echar la foto- ¡Vaya! Juan no estabas mirando hacia la cámara. Venga que la repetimos.

La habían repetido y Blanca tenía las dos fotos juntas en el álbum. En la segunda, miraban los dos hacia la cámara, sonriendo, pero a ella, la foto que más le gustaba era la primera, en la que Juan la miraba pidiéndole perdón. Tenía solo diez años, pero a Juan ya le costaba pedir perdón. Ella había aprendido a escuchar su perdón con la mirada, porque aunque a Juan le costaba mucho decirlo en voz alta, con la mirada había pedido perdón millones de veces. Y era eso, precisamente, lo que los demás no podían ver ni sentir. Y por eso no se explicaba cómo podían opinar, cómo pretendían ayudarla, aconsejarla.

¡Qué raro era llorar y reír al mismo tiempo! Necesitaba un pañuelo para secarse las lágrimas, pero ya no le quedaban… Empezó a rebuscar en su bolso. Tenía que acordarse mañana de comprar más. Por si acaso. Pero alguno tenía que quedar. En el bolso. Allí había uno, en el fondo, junto al móvil. En ese instante empezó a sonar. Era un mensaje de él: «Te quiero». Blanca sonrió al leerlo. Eso ya lo sabía.

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