Una entre ocho

Parecía mágico. Sé que suena cursi. Hace exactamente once días, cuatro horas y dos minutos estaría soltando una risa de suficiencia a la vez que lanzaría miradas asesinas a quien lo hubiese dicho. Así que entiendo perfectamente lo que estás pensando. Sin embargo, cuando hace dos minutos vi esos ojos marrones acercándose y escuché esa risa en tono camuflaje para intentar llegar a mí sin ser visto, no lo pude evitar. Se me escapó. Y sí, parecía mágico.

―Ponte esto ―me dijo al entrar en la habitación―. Tenemos que pasar desapercibidos. El brillo de tu calva con la luz puede distraer a alguien y no queremos que nadie se enamore de ti en este preciso momento, ¿verdad?

Ignoro su comentario y observo la gorra que me ofrece.

―¿Pasar desapercibidos con esta gorra multicolor?

―Es la más discreta que pude encontrar.

Cogí la gorra y tuve que admitir, interiormente, que era bonita, aunque tenía todos los colores llamativos del universo. Salimos de la habitación y recorrimos el pasillo en silencio. Era de noche así que estaba todo muy tranquilo. Cuando salimos al exterior, cerré los ojos y respiré profundamente.

―No tienes frío, ¿verdad?

Negué con la cabeza. Lo seguí hasta un pequeño parque. Creo que no dimos ni cincuenta pasos, pero ya parecía que habíamos cambiado de país dos veces y atravesado un océano.

―¿Estás nervioso? ―pude preguntarle una vez sentados en el primer banco que encontramos.

―¿Por mañana? ―me responde―. Estoy más nervioso por esta noche.

Sonrío y aparto la mirada. ¿Por qué siempre lo consigue?

―Ten. Helado de chocolate.

―¿Cómo lo has conseguido? ―pregunto perpleja.

―Tengo mis contactos ―me responde mostrándome su preciosa sonrisa enigmática―. Ya puede estar de muerte, me ha costado uno de mis cómics favoritos.

Trago saliva al escuchar esa palabra. Me imagino que él habrá desarrollado una fuerte indiferencia al oírla tantas veces. Sin embargo, a mí todavía me cuesta varios retortijones y cuatro minutos de sudores fríos, aunque no sea en el mismo contexto.

―¿Adónde viajamos hoy? ―me pregunta con curiosidad.

―Pensaba concederte el turno a ti.

―¿Porque puede ser la última vez? ―me dice, increíblemente, con una sonrisa en la cara.

―No digas eso ―le contesto una vez que mi expresión se descongela del pánico.

Se ríe, a pesar de que es cierto y que puede ser la última noche en la que viajamos. En realidad, pueden ser todas, aunque no lo veamos así. Nos podemos morir de amor o de otra cosa, la cuestión es que siempre va a haber una última noche.

―Esta noche vamos a Disneyland ―dice cuando cerramos los ojos.

Los abro, sorprendida, pero él los mantiene cerrados, dispuesto a ir hasta París.

―¿En serio? ¿Disneyland? Pensaba que había demasiada felicidad en el ambiente para ti.

―Es un sitio muy manido, ¿verdad? ―dice mientras mantiene un ojo abierto y otro cerrado―. Lo puedo hacer mejor. Alejémonos de los muñecos vivientes y los niños puestos en azúcar.

Reprimo una sonrisa y cierro de nuevo los ojos, concentrándome en su voz.

―Estamos en un bosque no muy denso. Las ramas de los árboles se mueven con la brisa del viento. Empezamos a andar, intentando seguir un camino a través de las ramas y los matojos.

Mi corazón se para una milésima de segundo cuando siento que me coge de la mano. Me levanto del banco con él y empezamos a andar. No abro los ojos, ese es el trato de nuestros viajes. Me dejo llevar y seguimos andando hasta que noto en mis tobillos un cosquilleo.

―Llegamos a un claro del bosque. La hierba está un poco alta y nos llega a los tobillos. Es una sensación bastante placentera, para variar. Hasta creo que no te importaría que una arañita subiese por tu pierna.

―Siempre que sea imaginaria, no me importa.

―Todo es imaginario en este mundo. El cielo está despejado ―continúa― y ¡mira! Hay un dinosaurio en el cielo.

―La única nube que hay en el cielo y tiene forma de dinosaurio.

―Quizá es una señal… De que nos vamos a extinguir como ellos.

―Yo creo que se parece más a un cacahuete.

―Eso es que tienes hambre.

―Probablemente. ¿No hay margaritas en este bosque?

―Cientos. Hay margaritas blancas por todos lados. Lo siento, me quedé un poco distraído con el dinosaurio.

―Me gusta este bosque.

―A mí también y esta vez nos vamos a llevar un recuerdo. Volvamos a casa y allí te lo enseño.

Me dejo guiar otra vez y atravesamos el bosque de vuelta a casa. Abro los ojos y me vuelvo a encontrar con la oscuridad de la noche. Él está a mí lado, mirándome fijamente, y sosteniendo una margarita blanca entre sus manos. Le sonrío y la cojo. Intento olerla pero un rápido movimiento suyo me detiene y, antes de darme cuenta, siento sus labios rozando los míos. Segundos, minutos, horas. No sé cuánto duró, pero me habría encantado que durara toda la vida.

―Menos mal que tenemos el hospital a menos de cien pasos ―me dice segundos después.

―¿Te encuentras mal? ―un segundo hasta que la realidad vuelve a golpearme. Un segundo hasta que comprendo que pendemos de un hilo bastante débil.

―Creo que ese beso ha alterado peligrosamente mi ritmo cardíaco. No te preocupes, la salud está sobrevalorada.

Lo observo bien, intentando grabar su rostro en mis retinas. Esos ojos alegres, esa sonrisa irónica. «Cómo es la vida, ¿verdad?» me diría él. No nos pregunta cuándo nos viene bien nacer, así que menos nos va a preguntar cuándo queremos morir. No espera a que nos vaya bien para que se nos cumpla ese sueño tan perseguido. Ni tampoco espera a que vivamos un infierno para que nos toque la lotería. No entiende ni de calendarios ni de relojes. Cuando ese chico de ojos marrones y piel morena me dijo «hola» con una gran sonrisa, la vida no me preguntó ¿te llegan once días para enamorarte?

Es que le habría dado igual mi respuesta.

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